Gulfloss

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Cascada dorada

sábado, 12 de septiembre de 2015

Mi barco es mi tesoro, mi dios la Libertad

Una niña llamada Libertad aprendió a los diez años la poesía sobre aquel pirata cuya única patria era la mar. Con sus compañeros, en los recreos jugaba a recitar esos versos sobre un barco imaginario. Ella iba en la proa, surcando mares infinitos. 

Hoy, ve en la televisión a personas envueltas en banderas con estrella. Sus mejillas cruzadas con pinturas de guerra, rojas y amarillas. Rugen "In inde independencia" en las calles de una ciudad a la que siempre ha querido y ya no reconoce. 

Mientras contempla atónita a esa gente con patria, da gracias por seguir sintiendo lo mismo que cuando se embarcaba en los recreos, buscando tesoros. 

Por creer tan solo en su propio nombre. Ni patria, ni bandera, ni dios. Tan solo...


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Limones y sobrasada




10 minutos después…

Despido a mi hijo que va camino de su primer día de instituto. Me siento a continuar el relato anterior y...

el destino me regala las palabras escritas de otra para que me dé cuenta de que aún queda mucho distinto dentro de mí, que la bicha esa no supone más que un cinco por ciento de lo que hay en mi cuerpo o en mi mente.

Cuando he comenzado a leer el otro relato, se me ha salido el corazón por la boca. La bicha se ha esfumado. Tan solo un acelerón de los buenos, un mini-ataque de pánico y una sensación de que todo ha estallado.

Creyendo leer entre líneas lo que no era, la emoción ha subido de 0 a 1000. Supongo que la vida me ha puesto esas letras escritas por otra delante de mis ojos para que me dé cuenta de que nada es lo que parece.

Que aunque en un momento esté aquí, en otro estoy allá. Y que cuando estoy en una posición, cualquier acontecimiento puede hacerme saltar a otra opuesta, prácticamente la contraria. 

Sí, aún queda mucho fuego e incluso dinamita con los que matar a esa bicha negra, fétida y oscura.

En estos días me han mandado un vídeo con el título "Dale la vuelta a la tortilla". Me quedo con algo de lo que dicen para dar título a este relato "Cuando la vida te da limones haz limonada. Y cuando te da sobras, haz sobrasada".

De Menorca, si es posible.

martes, 16 de septiembre de 2014

Bicha negra




15 Septiembre 2014 7,20 a.m.

Tengo que soltar lastre. Llevo desde finales de Julio (o desde antes) guardando y alimentando una bicha en la boca del estómago. No para de crecer nutrida por un pensamiento repetido, obsesivo, que suena y resuena. Ñic ñic, ñoc ñoc.

A veces de manera inconsciente y la mayoría de las ocasiones, evocada.

No quiero dejarla salir por mi boca. A la bicha esa, a veces gris y la mayoría de las ocasiones negra, oscura, pesada, fétida.

No quiero darle forma de palabra porque cuando deje de ser pensamiento y sentimiento interno, cuando se convierta en algo oral o escrito, será realidad.

Y, sin embargo, ya lo es. Me acompaña todo el tiempo. Está pegada a mi sombra. Mañana tras mañana, mediodía tras mediodía, noche tras noche, madrugada tras madrugada.

Trato de distraerme, de buscar otros pensamientos alternativos, de dar rienda suelta a la emoción a ver si se escapa pero… ni suelto la emoción ni suelto el pensamiento.

¿Qué pasa si lo hablo con otros? ¿Qué pasa si lo escribo? ¿Se hará realidad?

Tengo miedo. Miedo de perder lo que de bonito fue. Lo que ya no existe pero existió. Lo que se extinguió hace tiempo para transformarse en algo a lo que no sé nombrar.

Ya no hay apenas algo de eso que me hacía sonreír. No quiere decir que no haya nada. Claro que hay algo. Si no, no tendría este sentimiento de pérdida constante. De ver que se va esfumando mi ilusión y entusiasmo. Que eso tan precioso es sustituido por una sensación de tedio, de pesadez, de hacer las cosas porque si y no porque te salen con una sonrisa.

A veces incluso aparecen la desidia, la apatía, la tristeza, las pocas ganas de emprender un viaje tras otro a ninguna parte.





martes, 10 de junio de 2014

He venido a hablar de mi libro


Se iba a llamar "Cuadernos de escribir la vida" pero, de momento, es tan solo un proyecto en barbecho en el disco duro de mi ordenador. Veremos si los tiempos venideros propician el acontecimiento. 

La foto de la portada  la hizo -y maquetó- con todo cariño Manuel Iglesias, de Gijón, cuya web recomiendo visitar en el siguiente enlace: http://www.iglesiasmanuel.com/

Sigo soñando.







sábado, 31 de mayo de 2014

Ya no soy Lisa


Esta es la imagen que una vez puse en Badoo. Lisa Stansfield. A principios de los noventa sonó mucho una de sus canciones: "Feel around the world...". Muchos me llamaban Lisa porque me parecía a ella. Ojos claros, lunarcito, pelo negro, etc. A mí me reventaba porque yo quería ser única e intransferible. Una post-moderna de pro... 

Veinte años después, ya no soy ni post ni moderna ni ná. Yo que pensaba que la "siniestrez" nos iba a durar a todas y a todos para siempre. Poco a poco, fuimos abandonando los lugares habituales de ocio oscuro o los fueron cerrando. El Voltereta, el Splass, el Bailas Carol, etc. Quedaron algunos clásicos, como el Gris de Chueca que lo han clausurado hace tan solo cuatro años. Pero no solo los baretos nos abandonaron a nosotros.También el grupilllo se fue separando y nos fuimos volviendo "normales". A mi ahora hasta me gusta la radio fórmula.

Pero bueno, a lo que iba, esta es la imagen que tuve en el Badoo durante un mes. Los que ya me conoceis por el otro blog, que compartía con mi socio gatuno (No todos son pardos), sabeis que nunca puse foto en el meetic. Un verano en que me aburría mas de la cuenta, me abrí cuenta -valga la redundancia- en el Badoo.

Vaya panda de salidorros había por allí. Mucho mas que en el meetic de entonces. Supongo que porque el segundo era de pago y el primero gratuito. Me eché unas cuantas risas a cuenta de un sevillano que tenía el perfil de un amigo y solo pensaba en meterla en caliente. O de los tipos que entraban, decían "Hola, ¿follas?" y salían cuando yo me iba por la tangente. Pero me cansé enseguida de esa página y borré mi cuenta. Hace ya cuatro años de esto y todavía me mandan mails para recordarme que puedo volver a abrirla.

La foto de la Lisa también trajo cola ;). Un bobo creía que esa era yo de verdad. Le llamo bobo no por eso, que no todo el mundo tiene que conocerla, sino porque se cogió un rebote tremendo cuando le dije que era una cantante famosa de los años noventa. Me llamó de todo, me dijo que me iba a denunciar y no se que rollos. Como parecía un poco pijarras (su foto si que suya propia con jersey al cuello y polo Ralph), le faltó decir "Eres una insincera", estilo Pocholo.

Hace tiempo que no ando por esas páginillas de ligoteo. Pero tengo amigas que ahora se están separando y han probado en foros de separados, en Single Madrid y en otras incursiones interneteras en las que hay mas de lo mismo. Ellas dicen que entran para hacer pandilla. Pero yo no acabo de creérmelo. Una incluso, tiene un novio que viaja mucho y, como se siente sola, está pensando en abrirse un perfil. Yo ya le he dicho que primero "lo consulte". Si yo fuera su novio, no estaría nada tranquilo con esas incursiones. Por mucho que ella diga que como le aparezca uno que solo quiera ligar y no jugar al paddle le manda a la mierda. Ay, alma de cántaro, que ganas de meterse en problemas. Claro, que se puede hacer otra lectura. A lo mejor es que a la mujer realmente le gustan los líos ¿no?

En fin, dejemos a los demás que hagan su vida. Yo hago la mía. Pero ya le he dicho a mi Polsky que como se meta en Singles Varsovia le corto los huevecillos. Yo soy muy territorial y mi novio es mío y no de las singles polacas, aunque ellas digan que solo sea para jugar al paddle, al squash o hacer el pino puente.

Amén.




domingo, 25 de mayo de 2014

Carta a Ganímides

Mi ciudad, 12 de Mayo de 2012

Babela,

Meses que no te escribo. Pero no me apetecía contarte nada. Ahora ya puedo ponerte al día. Sí, ya sé que en Ganímedes lo veis todo, pero lo mismo andas ocupada rezando por tu nieta pequeña y eso te mantiene distraída de los “aconteceres” de las demás.

Bueno, al tema. Todavía estoy de baja. Me hicieron un TAC la semana pasada y el 30 mayo tengo cita con el traumatólogo para valorar el éxito de la operación. El médico determinará cuanto me queda por calcificar en el corte que me hicieron en la tibia. Fue una operación de carpintería auténtica. Me quitaron un trozo de peroné y lo utilizaron para hacer un injerto. Luego seccionaron la tibia completamente, justo donde tenía la fractura antigua y rellenaron con la mezcla de mi hueso y no se que masilla. Lo fijaron todo con una placa que tiene seis tornillos transversales de unos tres o cuatro centímetros de largo. La placa va desde la parte superior de la rodilla hasta la mitad de la tibia. Es una especie de viga que me permitió fijar la estructura y, ahora que el hueso está todavía en proceso de calcificación, resulta muy útil.

Durante el tiempo que estuve inmovilizada, hice cincuenta sesiones de rehabilitación con dos clínicas que pagaba Adeslas. Una porquería. No me tocaron la pierna. Nada de nada. Primero máquina de electrodos para fortalecer cuadriceps, luego pesitas y luego magnetoterapia. Total, cincuenta sesiones para andar mas coja que el cojo manteca. Así que en Semana Santa me dejé agarrar por un fisio, ex cuñado de mi actual noviete y me di cuenta de que había “mucha tela que cortar”.

El hombre tenía un punto sádico, la verdad. Yo me agarraba a la camilla y gemía lo menos que podía mientras iba insertando sus dedos en mis huesitos y ligamentos y músculos. Hasta que me redobló la pierna y se montó sobre mi rodilla. Coño, ahí no pude mas y comencé a llorar como una perra. ¡¡Que dolor!! Eso es inhumano. Me dejó doce cardenales sabiamente repartidos entre rodilla y gemelo. Pobres pacientes suyos. Sufrir así no tiene precio. Pero al final me vino bien para concienciarme de que debía agenciarme los servicios de una osteópata que conoce una amiga y mano de santo, oye.

Esta mujer me coge la pierna con cariño dos veces en semana y me manda ejercicios para que vaya todos los días a un mini-gimnasio que tiene en la clínica. Estoy tres horas al día liada con la rehab, como la llamo yo tarareando la canción de la cantante esa que ahora no me acuerdo como se llama y que murió hace tres años y pico.  

Lo primero que hizo fue quitarme la muleta. Estaba con demasiado miedo y eso me frenaba. En casa andaba bien y por la calle no podía dar diez pasos. Claramente necesitaba que alguien me diera un empujoncito. Y tras andar por la calle, ha llegado mi etapa de cotorra. Necesito hablar hasta con las plantas después de haber estado encerrada casi siete meses.

Mi médico, que es super majo, por cierto, me recuerda a Clark Kent, me dijo que tenía que zascandilear. Y yo siempre hago caso a mi médico. ¡Quien le pillara! Siempre tengo una hora de espera en la consulta pero cuando entro y me sonríe, ya me merece la pena. Luego me suelta un par de sus paridas, me explica bien explicadita la evolución del asunto y… yo le sonrío embobada preguntándome si tendrá pareja, hijos y demás. ¿Sabes que estaba en el equipo que operó al rey la última vez? Si lo buscas en Internet, le verás en algún video de la rueda de prensa a la izquierda del Dr. Cabanelas. Y en otro explicando algo sobre las células madre. Uhmm

Bueno, se me ha ido la olla. Que donde tú estás no necesitas Internet. Lo ves todo. Pero me imagino que no sabes lo que pienso. Y, si lo sabes, no me importa porque siempre te gustó escucharme ¿verdad?

Así ya te he puesto al día de mi pierna. Te escribo esta carta, aunque sea vía ordenador, porque echo mucho de menos la falta de correspondencia escrita. Esa sensación de abrir el buzón y ver una carta inesperada. Je je, ya ves que sigo siendo una romántica sin remedio. De hecho, ya le he dicho al polaco que por mi cumple no quiero ningún regalo material. Siempre se está quejando de que no tiene pasta y luego se empeña en hacerme regalos caros. Pero yo no quiero nada que valga un euro esta vez. Quiero un relato de los suyos. Inédito y original. Luego hará lo que le dé la gana, como siempre. Con la excusa de que no tiene tiempo, que debe poner más lavadoras, no se sentará a fabular. Supongo que a lo mejor me compra un anillo de esos de marfil y oro blanco que fiché en el Corte Inglés. Pero yo quiero mi carta, joder.

Vuelvo al mono-tema. Creo que tantos meses en el dique seco han merecido la pena porque se ha corregido mucho la desviación. He ganado vida para la rodilla durante un tiempecito. Dice el Dr. Sanz que 10 años casi seguro. Luego vendría una prótesis, pero la investigación con células madre está avanzando un huevo de pato viudo así que lo mismo en el futuro no tengo que ir de Robocop por la vida.

Y ¿sabes de lo que me ha valido todo esto? Para aprender con la experiencia de dejarlo todo de lado y evadirme. Nunca había dejado de estudiar o trabajar -en mi vida siempre ocupada- tanto tiempo y ha sido un parón que ahora veo como necesario, aunque a veces cueste entenderlo cuando estás viviendo el proceso e incluso te sientas algo culpable por centrarte solo en tu recuperación y distraerte con otras cosas que no sean el trabajo/estudio. Me he visto Mujeres Desesperadas hasta la penúltima temporada, me he enganchado a Velvet, a Puente Viejo y a no se cuantas series más, incluyendo las tres temporadas de American Horror Story. Cuando venía el polsky a casa nos pegábamos unas orgías de esta serie. Si no la has visto, ya sabes: seriesonline.com.

También me he leído 73 libros electrónicos con el e-book que me regaló el susodicho por mi cumple. Como dice él siempre que lo menciono o que me lo ve ¡Qué regalo más bueno! Se merece el Omega. Pero ya sabe que tiene que aguantarme 9 años más, hasta que recupere mi plan de ahorro y podamos irnos a Australia y Nueva Zelanda de excursión. El Omega va incluido en el pack.

Volviendo a mis estrategias de evasión, ya sé que lo hice para no darle vueltas al tarro, para huir de la cruda realidad encerrada entre cuatro paredes. Pero como mecanismo de defensa no ha estado mal. Ahora estoy pagándola un poco porque ya sabes que me gusta torturarme con que soy una vaga. El haber cortado con todo y con todos, incluidos algunos teóricos amigos, en el ámbito laboral tiene su precio. Pero el proceso me ha servido para darme cuenta de que estamos solos, muy solos.

Y a mí a veces me cuesta entenderlo. Quiero soledad. Me encanta mi espacio libre, personal e intransferible. Desafortunadamente ahora solo disfruto de ello cuando el nene va al cole. Y no veas como echo de menos mi oasis, como yo llamaba a los miércoles y fines de semana alternos. Pero es lo que hay. El padre, ya sabes, a su puta bola. Y ahora que ya rompió con el convenio definitivamente y sabe que yo nunca le voy a denunciar, a no ser que haga algo extremo, se pasa todo por el forro de los cojones. Bueno, y de su chochito, como dice el polsky, que siempre me recuerda que esto ocurre no sólo porque esté de okupa sino porque se ha echado una novia y desde hace “seis meses, seis razones…”, el nene pasó a segundo plano.

No estoy amargada, soy realista. Tengo que escribir todo esto como forma de de entender la realidad. Ojalá pudiera conservar el ideal de amistad, de relaciones amorosas o de compañeros de trabajo que tenía a los veinte, antes de que ese caballo marroquí se cruzara en mi vida y me arreara la coz que partió mi tibia en dos trocitos astillados. Pero ya no soy la que era, afortunadamente. Ahí me empecé a dar cuenta de que nos movemos por puros intereses y que seres altruistas hay bien pocos. Con la última operación, el 12 de septiembre, ya si que me he situado donde debo estar. Ya tengo mi lugar en el mundo bien claro.

No me tomes en cuenta lo que divago porque me he levantado a las cinco de la mañana y llevo así desde que tu nieta pequeña empezó a sentirse más eufórica o melancólica según el día. El psiquiatra ya le ha quitado el Haloperidol, le ha aumentado la Eutamina y le ha metido ahora Akineton. Vuelta a empezar. El día de la marmota. Lo malo es que soy consciente de que siempre va a ser así. De hecho le acaban de reconocer el 55% de minusvalía.

Desde hace un año y medio mi vida es así. A veces tranquila, a veces movidita. En realidad, nada está tranquilo y pocas cosas me hacen sentirme zen. Pero esta palabra sigue en mi Mandala. Así que la voy a evocar siempre que pueda,  recuerde o necesite.

Te dejo por ahora. Cuídate mucho allá en Ganímedes y mira por los que te queremos. Ya sabes, como siempre, le echas un rezo a los de sangre y allegados, como dices tú, que siempre necesitamos algo de tu aliento para seguir caminando “en este proceloso camino de aguas turbulentas”. Con Mª Paz en Orión y tú en Ganímedes me siento bastante cuidada. Mientras pueda hablar con vosotras de vez en cuando, las cosas marcharán.

Muchos besos, babelita. Te quiero como sólo tú sabes.

Porcia

PD. Dile a San Antonio que me mande un poco de dinerillo que tengo que cambiar la habitación de Álvaro y comprarme un colchón nuevo, que el mío ya tiene 16 años y me duelen las lumbares.



jueves, 15 de mayo de 2014

Temblando, aullando



Tengo miedo a la muerte. Suena infantil, casi pueril pero debo reconocer que es una de las cosas que más me suelen preocupar. Más que a mi propia muerte, lo que me suele paralizar es pensar en que desaparezcan mis seres queridos, que la muerte me los arranque.

Pero también a veces pienso en qué pasará cuando no esté. Y entonces me invade una especie de vacío que me deja el cuerpo helado.

La primera vez que me pasó tenía unos ocho o nueve años en Asturias. En verano dormía con mi prima mayor en la buhardilla de la casa que tiraron para ampliar la carretera. Era un poco húmeda y bastante grande. Tenía un gran ventanal en que golpeaba la lluvia. No había lámparas de techo, tan sólo una bombilla pelada que daba luz de 125 watios.

Mi cama estaba junto a la ventana. La de mi prima, pegada a la pared enfrente de la mía  era de matrimonio. Al final de la buhardilla había una especie de trastero en el que apenas se podía entrar agachada, ni siquiera yo que era una niña, pues allí el tejado era más bajo. Mi tía guardaba en ese cuchitril todos los bártulos imaginables: baúles, papeles, cabeceros herrumbrosos. Lo separaba del lugar donde dormíamos una simple tela de rayas colgada de una cuerda. Vamos, que parecía el lugar de irás y no volverás.

Una noche de tormenta, mi prima me contó que una niña italiana de mi edad había muerto tras 5 años en coma. Mientras miraba la lluvia golpeando la ventana, me empecé a imaginar lo que sería estar en coma y luego morir sin haber despertado. Me entró una angustia tremenda. Empecé a temblar y me tuve que meter en la cama de mi prima. Pero no era capaz de dejar de castañetear los dientes. Al final, me tuvo que bajar a la habitación de mis padres porque no sabía que más hacer o decir.

Mi madre estaba leyendo y se dio un susto cuando nos vio aparecer. Cuando me preguntó qué me pasaba, sólo fui capaz de decirle entre lloros: “Que tengo miedo a la muerte. No me quiero morir nunca”.

Solo recuerdo la cara de incredulidad y fastidio que puso mi madre. Y casi nada más. Me dieron un vaso de leche caliente y me quedé a dormir con ellos.

Fue la primera vez que tuve conciencia de lo que era la muerte.

Quizá estos meses en casa he estado medio muerta en vida. Apenas he gastado energía y cuando me ha entrado la ansiedad de la que hablaba en el comienzo ha sido al salir a la calle, queriendo recuperar el tiempo perdido en viajes, ver amigos, salir…

Incluso antes de Semana Santa empecé a sentir una fuerza negativa en el esternón que me chupaba toda la energía que quería recuperar. Hasta que un fisioterapeuta me hizo un masaje en mi maldita pata izquierda y sentí lo que de verdad qué es el dolor. Nunca había tenido una sensación tan aguda, tan fuerte. Ni siquiera en el parto de mi hijo.

Ahora pienso que quizá lo que me dolió más fue el daño acumulado, el que me he negado a sentir durante tanto tiempo: la coz de caballo, el menisco deteriorado y los seis paseos por el quirófano en los últimos veintidós años.

Al principio, me agarraba a la camilla y gemía bajito, intentando no llorar, no dejar ver que estaba sufriendo. Imposible. Mientras el fisio apretaba cada vez más con sus dedos en las zonas anquilosadas, en las partes más rígidas de mis huesos y de mi musculatura, empecé a dejarme llevar por ese dolor. Entonces conseguí chillar, gritar, aullar y cuantos sinónimos se os ocurran mientras las lágrimas caían sobre la sábana de la camilla…

En fin, llorar como una auténtica loba herida.


Y ese fue el comienzo de mi verdadera recuperación.